sábado, 20 de abril de 2013

Cogerconamor


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Hasta para un partidario convencido, como yo, del sexo casual, del sexo por entretenimiento, del sexo por pasar el rato, del sexo como terapia antiestrés, del sexo por probar algo nuevo, del sexo por el sexo, del sexo por curiosidad, del sexo por aburrimiento, etcétera, está muy claro que no hay nada como el sexo con amor. No por amor, con amor.
Que te la chupen una rubia y una morena, o dos morenas (haciendo pausas para besarse apasionadamente, las benditas), o que te pongan un chocho en la cara mientras alguien, ¿quién será?, te la chupa, o ver correrse a La Giganta (de ese acontecimiento extraordinario les hablaré otro día), o pasearte por entre parejas que follan e ir metiéndole el pito en la boca a todas las mujeres a tu alcance. Qué duda cabe de que esas son experiencias supremas que recomiendo vivir a toda persona sensata antes de extinguirse.
Pero. Ninguna comparable a follar con amor. Follar amando a quien te follas. Hasta yo tengo que reconocer eso, sin titubear un segundo. Lo que no quiere decir que no sigamos deseando (y haciendo, cuando podemos) todo lo demás. Desear todo lo demás es lo más natural y lo más sano del mundo. Pero aquí hablo de gradaciones, y follar con alguien que amas está en lo más alto de la parte más meridiana del follar.
¿Por qué? Creo que es por un extra, por un algo que añade al follar eso que llamamos amor (y que, según los psicólogos evolutivos, es una mezcla de estrategias reproductivas y compatibilidades químicas de cierto tipo, entre un macho y una hembra de nuestra especie). Siguen presentes todos los placeres del acto, de la carne, de nuestra grandiosa red neuronal, y por supuesto está muy presente el universo ajeno a nuestro yo en el cerebro, que despliega en ese sublime momento todas las artimañas propias de la sopa eléctrica y química que somos.
Sin embargo, a pesar de sentir todas esas maravillas, tenemos la impresión de que hay algo más.
Que nadie pronuncie la palabra “espíritu” o “alma”. Ya sabemos que no existen, que son artefactos culturales de ficción. Han sido muy útiles al proceso de civilización, no lo negaremos, pero no son reales. Sin embargo, no cabe duda de que follar con amor es un fenómeno curioso y de difícil explicación. Al menos para mí. Uno está haciendo lo mismo que hace siempre (metiéndola, sacándola, chupando por aquí y por allá) pero sucede que siente una emoción, un debilitamiento, un abandono, un embeleso, un arrobamiento. Y quiere fundirse (la literatura aquí es inevitable) con la persona con la que folla. Quiere, de cierta manera, perderse, quiere no regresar. También desea, a veces, comerse a la otra persona, pero esa es otra historia.
Follar con amor es una sensación fantástica y extraña. No quiero ponerme romántico para no hacer el ridículo o falsear las cosas o magnificarlas o razonar mediante moldes, que es lo que pasa cuando nos ponemos románticos.
Sabemos, eso sí, que el cerebro nos inventa y que el cerebro nos engaña. Constantemente. Pero de una manera especial, creo, nos engaña en eso que llamamos amor. Todos hemos experimentado la deliciosa conmoción que produce el cerebro y que consiste en hacerte creer que todo lo que tiene que ver con una persona que acabas de conocer es maravilloso y que ya no puedes estar sin verla ni un momento. Todos hemos pasado por ahí. Y todos sabemos que cuando pasa la engañifa de nuestro cerebro, nos rompemos la cabeza tratando de explicarnos ¡cómo nos hemos engañado tanto! Cómo hemos podido estar tan equivocados.
Pero no es culpa nuestra, naturalmente, es nuestro cerebro y en general nuestra sopa química, timándonos y manejándonos a su antojo. Es decir, según sus planes, que no necesariamente son los nuestros. Lo que llamamos “yo” no es más que una parcela diminuta en medio de la galaxia que es nuestro cerebro.
Según los científicos (Eagleman), eso que llamamos amor suele durar alrededor de tres años, antes de empezar su declive. Estamos programados “para perder el interés en una pareja sexual después de que haya pasado el tiempo necesario para criar un hijo, que es una media de cuatro años”.
No lo dudo. Pero.
Qué pasa cuando no se desvanece la engañifa y la engañifa se torna permanente. Cuando pasan los años (tres, cuatro, seis, diez o doce o veinte años) y sigues sin poder alejarte de la otra persona sin añorarla, cuando pasan los años y sigues pensando que su olor es el mejor perfume que existe, cuando pasan los años y sigues queriendo follar con esa persona por encima de todas las otras personas. (Ojo, no digo que no quieras follar con otras u otros, digo que si tienes que elegir siempre eliges a esa persona para follar por encima de cualquier otra). Qué pasa cuando pasan los años y sigues creyendo que sus ojos son los más bellos del mundo y su boca la más olorosa y su saliva un dulce jarabe y el sabor de su chocho superior, muy superior, a cualquier manjar imaginable.
Qué pasa. ¿Cómo se explica eso? La respuesta tiene que estar en nuestro cerebro, porque no hay nada fuera de nuestro cerebro. Lo sé.
Seguro que nuestro cerebro tiene capacidad para engañarnos permanentemente, a largo plazo. Bien. ¿Pero por qué lo hace? Ya no hay ninguna cría de la que ocuparse.
Bueno, me digo, cuando pienso en el asunto y no puedo llegar a una conclusión satisfactoria: ¡qué más da por qué lo hace nuestro cerebro, qué más da que el amor sea un invento suyo!
Eso. Qué más da.
Y pasan los años. Y llega una tarde de invierno, quince años después de haberte visto por primera vez. Y estamos en casa y me abrazas y dices:
—La vida es maravillosa cuando estoy contigo.
Y sigo sin saber por qué follar con amor es insuperable, e ignoro, claro está, por qué eso que llamamos amor, contra todo pronóstico, puede durar toda una vida. No obstante, sé que soy feliz cuando dices la vida es maravillosa cuando estoy contigo. Cualquier cosa que sea eso de ser feliz.
Y te beso. Y mi pequeño yo se regocija en las vastedades de mi gran cerebro.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Growin' up

  
You and me forever
We belong together
And we'll always endeavor
Through any type of weather

You want everything to be just like
The stories that you read, but never write
You've gotta learn to live and live and learn
You've gotta learn to give and wait your turn
Or you'll get burned

We wrote our names down on the sidewalk
But the rain came and washed them off
So we should write them again on wet cement
So people a long time from now will know what we meant

You want every morning to be just like
The stories that you read, but never write
You've gotta learn to live and live and learn
You've gotta learn to give and wait your turn
I'm only concerned

I'm adding something new to the mixture
So there's a different hue to your picture
A different ending to this fairytale
And no sunset into which we sail

You want everything to be just like The stories that you read, but you can't write You've gotta learn to live and live and learn
You've gotta learn to give and wait your turn
Or you'll get burned 


* y yo sigo bailando entre los limoneros atrapado entre sábanas de lunares y luces de colores, envuelto en esta música, siempre la misma música. No hay tonada que se vuelva repetitiva si ya tomó nuestras vísceras y late desde allí enfurecida. Solo se repite, un mantra para desquiciarme en esta vida de yeso aburrido. Tengo los pasos prontos, solo dancemos bajo la parra hasta que llueva sangre de colores y el espacio vuelva a ser el que inventamos. Solo danzar.

viernes, 15 de febrero de 2013

Viernes Fénix

Solo instinto.
Esperar.
Dejar que el tren te arrolle las piernas, que desmiembre el cuerpo esparciéndolo por el campo sembrado.
Anular el raciocinio y gritar aferrado al palo mayor mientras la tormenta mueve tu cascarón marino.
Sacudir el cajón y que las frutas se acomoden entre los agujeros de las baldosas.
Respirar profundo el aire enrarecido y sentirlo delicioso.
Entregarse convencido de saber que el camino es por ahí, si, atrás de tus pasos sin rumbo.
Cosas extrañas pasarán, si las dejas.
Aunque al final, lo extraño siempre fue conocido. 
Simplemente, aprendo a mirarlo.

lunes, 4 de febrero de 2013

La repetición

Ningún amor termina,
yace en la cara oscura de la mente
como los objetos en el cuarto
luego de apagar la lámpara

Esas sombres no se apartan
oprimiendo una perilla
como quien descorre un cortinado
para llamar a la mañana.

Es por eso que llegamos a olvidar
aun el nombre querido,
a besar labios idénticos
sin reconocer
aquellos que solíamos besar.

Ningún amor termina:
siempre el azar lo trae
a la luz de los días presentes.

Por eso quiero esconder los ojos
tras cristales oscuros
y desviar el haz de la linterna nocturna,
pues vuelvo a ver el turbante que usabas
la tarde del vermut en Plaza Navona,
el lanzallamas negro y los pajaritos.

La repetición (Plaza Navona) - María Moreno

martes, 29 de enero de 2013

No pueden vencernos (me)

"We can´t be beat", The Walkmen 

I was the Duke of Earl
The Duke of Earl
But it couldn't last
I was the Pony Express
But I ran out of gas

Golden dreams

Golden dreams
All lose their glow
I don't need perfection
I love the whole


Give me a life

That needs correction
Nobody loves
Loves perfection

Loneliness

Loneliness
Will run you through
All the kids are laughing
I'm laughing too

If you want my eyes

Take my eyes
They're always true
If you want my heart
Take my heart
It's right here for you

It's been so long

Been so long
But I made it through
It's been so long
Been so long
But I made it through
It's been so long

We'll never leave

We can't be beat
We can't be beat
We'll never leave
We can't be beat
The world is ours
We can't be beat
We can't be beat

lunes, 28 de enero de 2013

Alicia aún vive aquí.

"—Perdón —le dije al entrar, y me tiré en la cama desvencija­da y me puse a llorar. El se acostó en su cama y apagó la vela. Silbaba suavemente. Después vi que había luna llena, una luz blanca y lechosa que se colaba por la ventanita. La vista de la luna solía apaciguarme. Dante silbaba una canción que había­mos compuesto a medias; la llamábamos “Alice Springs blues”. Mi locura nocturna se fue diluyendo en un bienestar físico que ascendía lentamente desde la punta de los pies; era un efecto habitual del silbido de Dante, pero ahora la presencia de la luna llena producía variantes nuevas; como desdoblado en varias personalidades simultáneas podía observar sin angustia mi pro­pia angustia, podía sin extrañarme observar mi propio senti­miento de extrañeza; y ese pequeño núcleo de extrañeza y angustia comenzaba a expandirse y a establecer contactos multidimensionales en el espacio y en el tiempo; se reforzaba diluyéndose, prolongándose tentacularmente hasta rodear la inmensa esfera del mundo; y mi circunstancia actual, esa penu­ria de un uruguayo asfixiado en un pueblo de ingleses y de indios, rodeado por un desierto infranqueable, se diluía en otra circunstancia, otra penuria que se remontaba al origen de los tiempos, a la soledad de los dioses, a la lenta evolución de las especies, a la vida que como una enfermedad iba extendiéndose sobre la endeble corteza de una esfera llena de metales hirvientes; y aparecía la imagen de mis bisabuelos, que cruzaron capri­chosamente como yo el océano y se establecieron porque sí, cumpliendo una ley secreta que jamás llegaron a intuir, en un punto cualquiera de la esfera inerte que se va enfriando mien­tras gira y gira; y mis abuelos, cumpliendo con los ritos heredados, afirmándose como plantas en ese pedazo de tierra, sufrien­do sin darse cuenta, fabricando sin darse cuenta una raza nueva de monstruos despavoridos; y mis padres, sometidos ciegamen­te a la misma ley, trabajando con precisión cronométrica para apuntalar a su manera el gigantesco edificio de una mitología absurda; mientras mi abuelo todavía respondía al llamado impe­rioso, insolente, de la sirena del taller, cada madrugada, mi padre viajaba viajes eternos en ferrocarril hasta el centro de la ciudad y allí se mantenía de pie durante ocho horas junto a uno de los millares de mostradores de una tienda inmensa, de nombre pre­tencioso, atendiendo las exigencias de clientes exasperantes sin sospechar que mi madre iba a parir un monstruo dolorido y acusador que rompería esa cadena del transcurrir automático y abriría los ojos para inaugurar el sufrimiento consciente de una raza… Ahora mi cuerpo parecía flotar levemente, apenas sepa­rado unos centímetros del camastro, como sostenido por el col­chón de aire del subido de Dante y la atracción magnética de la luna, y sobre la pantalla blanca de mis párpados cerrados se proyectó la imagen de mí mismo en los años de infancia: un niño delgado y cauteloso que dialogaba a solas en el jardín del fondo, esperando con toda la paciencia del mundo el fin de aquella tutela insoportable, permitiendo con falsa resignación que la familia jugara con él como con un muñeco de trapo, mientras él secretamente le arrancaba la cabeza a las muñecas de trapo que lo herían con el olor insoportable de un género impregnado de erotismo; un niño que secretamente comía de la tierra del jardín que sus manos delicadísimas le servían en una cucharita de plata robada de la cocina, bajo las ramas repletas de flores de azahar que también lo enloquecían con un perfume que exigía respuestas que él ignoraba."

Alice Springs (El Circo, el Demonio, las Mujeres y yo). Mario Levrero. 

domingo, 27 de enero de 2013

AvefeniS

Tengo la tinta fresca y un puñal listo para retorcerte las tripas.
Tengo el ojo certero y la mente limpia de humo espeso.
Tengo días con más horas, minutos y eclipses de sol, con pasto fresco y guerra de caracoles.
Tengo cien mil razones válidas para todo, pero 71 argumentos para rebatirlas.
Tengo un quiosco para atender cuando quiera, pero no ganas de vender caramelos.
Tengo perros, tengo gato, tengo 5 polacos y un globo terráqueo donde conteo países.
Tengo mucho más que antes. Mucho más que ayer.
Pero no tengo a quien contárselo.

Busco unas orejas hoy.